...... . . . . . .Laura era soltera, y había nacido en el barrio. Era una joven tímida, muy piadosa. Trabajaba en el comedor comunitario de la parroquia. Le gustaban los niños y siempre se quedaba jugando con ellos. Les brindaba su tiempo y su cariño. Estaba convencida de que el amor que ella les brindaba ayudaría a que sean mejores personas en el futuro.
Juan se había mudado al barrio hacía unos años. Era un hombre mayor y tenía su vida comprometida. Siempre se encontraban en la parroquia y compartían una labor solidaria. Se quedaban largas horas conversando. El le contaba anécdotas de su pasado, le describía las ciudades que había visitado, y ella lo escuchaba embelesada.
Cuando se veían, una sonrisa se dibujaba en sus labios, y sus ojos adquirían un brillo especial. Sus rostros se mantenían imperturbables, pero sus miradas hablaban un lenguaje que ellos no estaban seguros de querer comprender.
Eran miradas llenas de deseo y de verguenza al mismo tiempo. Pero no podían evitarlas.
Cuando él la rozaba sin querer, ella sentía que su cuerpo ardía! Y el sentía la electricidad que los unía y eso lo preocupaba. Su mente y su conciencia se debatía entre el deber de su compromiso, y el deseo de su cuerpo.
Un domingo ella fue a misa, como todos los domingos. La sonrisa que llevaba dibujada desde la mañana, se borró cuando llegó a la parroquia.
Su Juan se había ido lejos. Había tomado una decisión. No sabía si era la mejor, pero si era la que podía y debía tomar.
Poner distancia entre ambos, fue la mejor solución que pudo encontrar a tanto dolor.
A la parroquia del barrio había llegado un nuevo sacerdote.
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